Race Report – L’Étape du Tour de France 2026
Preparación
En enero estaba convencido de que este año volvería a correr un Ironman. Sin embargo, mientras organizaba mi estadía de investigación en Alemania como parte de mi doctorado, los costos de participar en un Ironman en Europa resultaban considerablemente más altos. En ese contexto apareció una alternativa que hasta entonces veía como un sueño lejano: L’Étape du Tour de France, la prueba que permite a miles de ciclistas aficionados recorrer en Francia la misma etapa que días después disputa el pelotón profesional del Tour de France. Aprovechando que ya estaría en Europa, decidí intentarlo.

Cuando me inscribí, a principios de este año, imaginé una preparación muy distinta a la que finalmente tuve. Incluso evalué comprar una bicicleta de ruta y dedicar varios meses a prepararme.
Sin embargo, las cosas no resultaron como las había planificado. Por razones económicas, finalmente no pude comprar una bicicleta. Durante mi estadía en Alemania me movilicé diariamente entre la universidad y mi alojamiento en una antigua bicicleta de ciudad. Me mantenía activo, sí, pero eso estaba muy lejos de ser un entrenamiento específico para una prueba de este tipo.
La única oportunidad de entrenar en montaña fue durante una semana en Gran Canaria, donde arrendé una bicicleta de ruta y aproveché de realizar varios recorridos, incluyendo el ascenso hasta el punto más alto de la isla. Ahí entendí lo que significaba pedalear durante horas cuesta arriba, aunque todavía no imaginaba lo que encontraría semanas después en Francia.

Consciente de esa limitación, gran parte de mi preparación se concentró en el gimnasio. Trabajé especialmente la fuerza de piernas, intentando compensar la falta de desnivel que existía en el norte de Alemania. Mi referencia más cercana era el Patagonman. Pero al comparar los recorridos, entendí que el desnivel acumulado de esa prueba representaba apenas una fracción de lo que enfrentaría en L’Étape.
Mi experiencia previa en pruebas de resistencia también influyó en mis expectativas. Antes de esta competencia ya había completado siete Ironman y un Patagonman. Pensé que, con una buena preparación sobre la bicicleta, podría terminar el recorrido en aproximadamente siete horas. Esa estimación la indiqué al momento de la inscripción y, como consecuencia, fui asignado al segundo grupo de largada.
Con el tiempo descubriría que había sido una estimación demasiado optimista.
Otro aspecto que agregó incertidumbre fue el arriendo de la bicicleta. La única alternativa disponible podía retirarse recién el viernes previo a la competencia y debía devolverse el domingo antes de las seis de la tarde, ya que el lunes estaba reservada para otra persona.
Como si la preparación ya hubiera sido limitada, las últimas cuatro semanas antes de la competencia prácticamente no pude entrenar. Entre congresos científicos, dos escuelas de verano y otros compromisos académicos, la bicicleta pasó a un segundo plano. Llegué a la largada con la sensación de haber construido una buena base física, pero muy lejos de la continuidad que normalmente requiere una prueba de esta naturaleza.
Finalmente llegué a Francia. Viajé desde Lyon hasta Grenoble y luego a Le Bourg-d’Oisans, donde me alojé en un pequeño hostal utilizado principalmente por esquiadores. Al mirar el mapa, la partida y la meta parecían estar relativamente cerca. Todavía no sabía que entre ambos puntos se escribiría una de las jornadas deportivas más intensas que me ha tocado vivir.

Llegada a Le Bourg-d’Oisans
Mi primer destino al llegar fue retirar la bicicleta arrendada. Desde allí pedaleé hasta el hostal donde me alojaría durante el fin de semana, a unos treinta minutos caminando del centro. Tener la bicicleta desde el primer día resultó muy práctico: me permitió moverme con facilidad para hacer las últimas compras y empezar a conocer el lugar.
Lo primero que me llamó la atención fue la geografía. Le Bourg-d’Oisans está en el fondo de un valle rodeado de montañas por todos lados. Desde el pueblo se veía, muy arriba, el sector de Alpe d’Huez. En el mapa parecía cerca. Rápidamente entendí que esa impresión era bastante engañosa.

Mi plan para el viernes era simple: retirar el número durante la tarde, cuando bajara un poco la temperatura, y aprovechar de conocer el Village. Pero al revisar por última vez la revista de la carrera apareció el primer contratiempo. El certificado médico debía haberse subido varios días antes, y si no estaba validado, había que presentarse físicamente al retirar el dorsal. Nunca lo había subido. Tampoco llevaba una copia impresa.
Llamé a Chile con el corazón en la garganta. «Doctor, necesito un certificado médico que diga que estoy apto para hacer deporte, hoy, ahora mismo«. El doctor Kevin Doty tuvo la disposición de atenderme por teleconsulta, revisar mis exámenes del último semestre y emitir el certificado casi de inmediato. Lo subí a la plataforma. Pocos minutos después, un correo: rechazado. El documento decía que estaba apto para hacer deporte, pero no especificaba ciclismo de competición, que era justo lo que pedían. Volví a llamar al doctor, que modificó el certificado y lo envió de nuevo. Esta vez sí, validado en minutos. Primer problema resuelto. Respiré tranquilo por primera vez en un buen rato.
Con esa tranquilidad salí rumbo a Alpe d’Huez (2 horas en bici y 1900m de altitud), evitando la carretera principal, buscando un camino alternativo que también formaba parte del recorrido de la carrera. Había salido sin caramayola. Durante el ascenso encontré una botella negra abandonada al costado del camino y, sin pensarlo mucho, la enjuagué en una vertiente, la llené con agua y seguí pedaleando.
El sendero que me proponía Google Maps terminó siendo un camino de excursionistas, intransitable en varios tramos. Empujaba la bicicleta más de lo que la pedaleaba. El calor apretaba, la garganta se me empezaba a secar otra vez, y en algún momento dejé de mirar el camino para mirar solo el porcentaje de batería del teléfono, calculando cuánto más podía seguir confiando en esa ruta. Después de casi noventa minutos buscando una ruta alternativa, entendí que ya no llegaría al Village antes del cierre. Peor aún, el esfuerzo ya se sentía en las piernas. Volví al hostal a replantear todo.
Esa noche, conversando con otros participantes en la terraza del hostal, el consejo se repetía una y otra vez: «no subas a Alpe d’Huez el día antes, guarda esas piernas para mañana«. Al revisar los datos de mi reloj confirmé que el entrenamiento improvisado de ese día había sido mucho más exigente de lo que pensaba.
Por eso, el sábado cambié de estrategia por completo. Subí temprano en bus hasta Alpe d’Huez, retiré rápido el dorsal, el kit y la mochila, y volví casi de inmediato a Le Bourg-d’Oisans. Mejor reservar energías que pasarme horas recorriendo la feria comercial.
En la tarde salí a pedalear un rato corto, para soltar las piernas y hacer los últimos ajustes. Reubiqué la bolsa de residuos, adapté algunos accesorios y dejé mis zapatillas de running en la tienda donde había arrendado la bicicleta: como debía devolverla apenas terminara la competencia, sabía que caminaría unos treinta minutos hasta el hostal, y hacerlo con zapatillas de ciclismo no sonaba buena idea.
De vuelta en el hostal, mientras preparaba el isotónico para el día siguiente, se me ocurrió revisar con calma la caramayola que había encontrado. La abrí. El interior estaba completamente cubierto de hongos. Había bebido agua de esa botella el día anterior. Solo atiné a reírme. Pensé que, si las montañas no terminaban conmigo, probablemente lo harían los hongos. La lavé a fondo y la dejé lista: terminó siendo la caramayola que llevé conmigo durante toda la carrera.
La preparación estaba completa. Ya no quedaba nada más por hacer. Después de varios meses de planificación, algunos imprevistos de último minuto y bastante incertidumbre, solo faltaba esperar el amanecer del domingo.
La carrera
A las seis de la mañana comenzó el movimiento en Le Bourg-d’Oisans. 17.500 inscritos, repartidos en dieciséis oleadas de salida escalonadas entre las 6:30 y las 8:30 de la mañana. Yo salía en la segunda, a las 6:45.

Mientras esperaba, miraba a mi alrededor. Ciclistas de todas las edades, bicicletas de todo tipo: máquinas de carbono último modelo junto a cuadros de acero que ya tenían historia. En el hostal había conocido a un francés de unos 70 años que competiría con una bicicleta antigua, casi de la época en que Bernard Hinault ganaba el Tour. Más allá del carbono, de la electrónica y de la tecnología, el motor seguía siendo el mismo de siempre: las piernas.

El aire olía a protector solar y a café. Se escuchaban conversaciones en varios idiomas a la vez, algo de música desde los parlantes de la organización, el chasquido de los cambios probándose antes de partir. Franceses, sobre todo. También checos, alemanes, belgas, ingleses. Busqué una bandera chilena entre la multitud. No encontré ninguna.
Cuando se abrieron las puertas del corral, con más de mil ciclistas esperando, sentí que empezaba un sueño. Avanzábamos lento hacia la línea de largada y me pareció escuchar La Marsellesa. Volví a mis clases de francés en el colegio, a la profesora explicando qué era el Tour de France, a mí mismo pensando que era imposible pasar un día entero pedaleando por esas montañas. Y ahí estaba, a pocos metros de hacerlo.
Un golpe en la espalda me sacó del sueño. «Allez, allez!», gritaban detrás. La fila avanzaba. Se acabaron los recuerdos: empezaba lo mío.
Los primeros kilómetros fueron rápidos, todavía con poca luz. Cadencia cómoda, sin dejarme llevar por el ritmo del grupo. La emoción de la partida hace que uno gaste energía sin darse cuenta, y yo no me lo podía permitir.
Y entonces empezó la primera subida.
Hasta ese momento las montañas eran líneas en un mapa. Ahí entendí lo que significaban de verdad. Era como pedalear desde Santiago rumbo a Farellones, con la diferencia de que arriba todavía faltaban otras dos montañas iguales. El sol no pegaba fuerte todavía, pero el esfuerzo ya era constante, mayor de lo que había calculado. Empecé a hacer cuentas: cuántos kilómetros llevaba, cuántos faltaban para el próximo abastecimiento, cuánto me quedaba de agua. Ahí apareció mi primera preocupación seria: llevaba solo una caramayola y el agua empezaba a acabarse. Empecé a pensar más en los kilómetros que faltaban para el abastecimiento que en la pendiente misma.
Venía acostumbrado al Ironman, donde uno toma una botella nueva y sigue. Aquí era distinto. Había que detenerse, extender la caramayola y esperar que los voluntarios la rellenaran.
—Water?
—Oui, oui!
Además de agua, geles y fruta en abundancia. Tomé varios geles de más: uno por hora, como tenía planificado, iba a ser insuficiente. Desde ahí, uno cada cuarenta minutos, más las cápsulas de sodio cada media hora.

Después del primer descenso, la segunda subida. Miré hacia arriba y vi una fila interminable de ciclistas, tan pequeños que parecían hormigas dibujando una línea sobre la montaña. Ahí uno entendía cuánto faltaba en realidad.
Arriba, otro mundo. Sectores cubiertos de nieve, en pleno verano europeo. El aire cambiaba, más frío, más liviano. Me acordé de Cerro Castillo, de la Patagonia. Una semana antes Francia vivía una ola de calor. Ahora esto.
Las bajadas eran espectaculares y exigentes a la vez. Mi reloj marcó velocidades cercanas a los 73 km/h, el viento golpeando fuerte contra el pecho, los ojos entrecerrados detrás de los lentes. Ahí agradecí haber llevado el cortaviento en vez de dejarlo en la mochila del guardarropa. En una de esas bajadas sentí miedo de verdad: el pavimento tenía pequeñas ondulaciones, frené, la bicicleta perdió estabilidad por un instante, el manubrio tembló entre mis manos y alcancé a imaginar el golpe contra el muro de contención. Recuperé el control. El corazón me latía más rápido que en cualquier subida. Desde ahí bajé con más cuidado. Llegar unos minutos antes nunca justifica no llegar.
Y entonces apareció la última subida.
Si las anteriores eran como Farellones, esta era como volver a subir Farellones después de haber pedaleado todo el día. Ya no era solo físico. Era mental. El calor apretaba, las piernas pesaban, el final no se acercaba nunca. Cada repecho parecía el último y nunca lo era. Vi a varios bajarse de la bicicleta y seguir caminando. Yo también me detuve un par de veces, me acosté sobre el pasto, respiré. Bastaba con eso para volver a subirme y seguir. No había estrategia ahí, solo instinto: parar, respirar, volver a pedalear.
Ahí pensé en abandonar. No por cansancio, sino haciendo cálculos: si alcanzaba a devolver la bicicleta antes del horario límite. Pero después de todo lo que había costado llegar hasta Francia, la idea duró poco. Ya estaba ahí. Solo quedaba seguir pedaleando.
Cuando quedaban pocos kilómetros para coronar, dejé de mirar el reloj. Empecé a contar curvas. Una más. Otra más. Solo pensaba en llegar a la siguiente.
Coroné pensando que el resto sería fácil. Me equivoqué. Quedaban repechos que, después de casi diez horas de esfuerzo, parecían mucho más largos de lo que realmente eran. Y para completar, a pocos kilómetros de la meta la cadena se trabó entre los discos. Durante unos segundos pensé que ahí se acababa todo. La liberé después de bastante esfuerzo y seguí.
Los últimos kilómetros ya no se parecían a los primeros. No importaba el tiempo ni la velocidad. Solo cruzar la meta.
Y llegó ese momento, después de 11 horas y 12 minutos de competencia.
Crucé sin levantar los brazos. No sentí la necesidad de hacerlo. Después de once horas sobre la bicicleta, terminar ya era suficiente recompensa. Alguien me puso una medalla, alguien más me pasó una botella de agua fría, y por un momento me quedé ahí parado, sin saber muy bien qué hacer con las piernas ni con las manos. Nada de gritos ni de puños al aire. Solo silencio, cansancio y algo parecido a la paz.
Entonces me acordé de la bicicleta. Detuve el reloj y, por primera vez en todo el día, miré la hora. Eran exactamente las seis de la tarde. Había llegado justo al límite para devolverla. Saqué el teléfono y llamé de inmediato a la tienda. Les expliqué que lamentaba mucho el retraso, pero que desde la meta todavía me quedaban unos cuarenta minutos para bajar hasta el local. Al otro lado de la línea hubo una pausa y luego una respuesta que no esperaba:
—No se preocupe. Tráigala mañana a las ocho de la mañana. Solo tendremos que cobrarle una pequeña multa. Ahora descanse y disfrute lo que acaba de hacer.
Colgué aliviado. Después de pasar meses preocupado por ese horario, sentí que la carrera realmente había terminado recién en ese momento.
170,27 kilómetros recorridos.
5.227 metros de desnivel positivo, casi tres veces el ascenso entre Santiago y Farellones.
Más de 6.100 calorías consumidas.
Una pérdida de líquido estimada en 10,5 litros.
Había terminado una carrera que durante meses existió solamente como una idea, después como un proyecto y finalmente como una realidad.
Hoy, mirando hacia atrás, entiendo que L’Étape no fue solamente una competencia de ciclismo. Fue una estadía doctoral en Alemania, una bicicleta arrendada, un certificado médico que casi me deja fuera de la largada, una caramayola encontrada en el camino y unos hongos que, por suerte, descubrí antes de preparar el isotónico. Fue también una vieja bicicleta de ciudad en el norte de Alemania, una semana arrendando otra en Gran Canaria, y semanas enteras en el gimnasio tratando de compensar, con fuerza de piernas, todo el desnivel que no tenía cerca. Nada de eso aparece en la planilla de resultados, pero fue parte de la misma carrera.

Este jueves 23 de julio, el Tour de France recorrerá oficialmente el mismo circuito que nosotros hicimos en L’Étape. Lo veré con otros ojos: sé qué hay detrás de cada curva, de cada descenso, de cada montaña. Y eso hace que admire aún más el esfuerzo de quienes la recorren a velocidades que para un aficionado parecen simplemente imposibles.

Por Emilio Becker
Fecha de la carrera: Domingo 19 de julio de 2026



