Carta de amor al Cerro San Cristóbal#RidechileArticulo

12 años antes de que María, la virgen, dominara su cumbre (1908) y 21 años antes de que el cerro San Cristóbal pasara a ser administrado por Parquemet (1917), hace 130 años, un apasionado ciclista, tan entusiasta como desencantado, sentía orgullo por considerarse su “descubridor”. Si bien crónicas más antiguas nos señalan que el mismísimo Pedro de Valdivia acampó en la actual calle Purísima a los pies del cerro isla, por su entrada de Pío Nono y sabemos que, como buen peñón céntrico, albergó nuestra humanidad desde tiempos remontables a la escala geológica, Ricardo Puelma (n.1876) puede considerarse, con justicia, descubridor del cerro en su uso moderno, junto a un grupo de pioneros deportistas.

¿Moderno? Sí, porque montado a una bicicleta y provisto de bienes intercambiables –habrá sido un par de monedas o un bocado del propio cocaví– Puelma se dirigía a su amado cerro, al que tenían “alambrado como un potrero inculto” y vigilado por un capataz tras cuya gratificación, “solía muchas tardes trepar por los senderos hasta la cumbre […] buscando un sitio propicio que dominara esa gran aldea chata que era entonces Santiago”.

Nuestro inspirado cronista, que retrata el transcurso del tiempo cultural que presencia y se jacta, con buena razón, de haber “ido y vuelto más de veinte veces a las playas”, así como de haber “llegado hasta Las Cuevas, atravesando las cumbres de los Andes […] por caminos infernales, llenos de hoyos, de piedras y tierra suelta”, luchó en su cotidianidad y con la fuerza de su convencimiento y de sus piernas por la democratización del velocípedo.

Así Puelma señalaba, en 1941: “hace dos años, ha comenzado a popularizarse la bicicleta en Santiago”, antiguamente reservada a hombres de clase alta e inmigrantes europeos. “En cambio, en mi tiempo [1906], ¡ay de la mujer que se atreviera a montarla! Era cubierta de los insultos más groseros. A pesar de todo, yo solía salir de paseo con mi mujer y mis hijas, pero era sólo para pasar rabias…”.

¿Valía la pena su afán? ¿Por qué lo haría? He aquí el núcleo de su planteamiento, y que hoy parece tan atingente a toda persona que visite el cerro y lo comprenda. ¡Por supuesto que lo valía! ¡por supuesto que lo vale! Pues tanto de Puelma como de cientos de deportistas, a pie o en rodado mecánico, el cerro del santo-patrono de los viajeros “esfuma sus horas de aburrimiento” y hace más intensas sus alegrías y más suaves sus penas, “corriendo a toda máquina azotado por el viento, sintiendo el goce de entregarse a la contemplación del paisaje”.

Con dicho poder a cuestas que, seguramente, ni la nívea patrona de su cumbre ha llegado a vislumbrar, el uso del cerro como campo deportivo es, al menos, tan antiguo como Puelma lo atestigua en 1896. Es por lo mismo, a fuerza de costumbre y acomodamiento funcional que, en general, su comunidad atiende códigos de bienestar compartidos. Así como un oficio particular o una disciplina, que lo es para sus deportistas, el cerro alberga su propio lenguaje y se autorregula en su funcionamiento desde antes que las normas impuestas por la regulación urbana y más allá de ellas: nombres de senderos, limpieza de los mismos, uso pertinente y respetuoso del espacio natural, códigos de compañerismo y autodeterminación solidaria, donde conductas arrogantes que rompen la armonía señalada son “arrinconadas” ladera abajo. Porque al cerro se le respeta.

En otras palabras, el uso o mal uso del cerro –así como hace poco se señalaba sobre la “violencia en los establecimientos educacionales”– no hace sino reflejar incivilidades sistémicas, y no se reduce ni obedece en exclusiva a factores aislados, atribuibles ni al ciclismo ni mucho menos al uso del mismo como ecosistema natural-cultural. Muy por el contrario, las comunidades ciclistas han propiciado un uso sano y compartido del cerro, generando senderos a costa del uso cotidiano y del desgaste natural de sus caminos de tierra, así como paleando pistas alternativas fuera del curso masivo de transeúntes y con un respeto por la naturaleza que excede, ampliamente, las intervenciones urbanas del parque. Con esto han contribuido, precisamente, al buen uso de rutas apartadas para ciclistas medianos y competitivos en un terruño escarpado como el nuestro: Chile, país de descenso.

Que medio país tiene problemas de salud asociados al sedentarismo o vive estresado, cuando no derechamente suicida, es eslogan, letra muerta y, ya pareciera, consigna de “autoayuda”: sálvese quien pueda, mejor ir a la farmacia. Que el cerro es patrimonio cultural y pulmón verde en la ciudad, se nos olvida: ¿cuántas tesis de la vida y la academia se asentaron cerro-arriba?, ¿cuántos corazones reparados cerro-abajo? ¿Cuántas promesas cumplidas que, “por el amorcito de la virgen” rindieron fruto, en una especie de ascenso sacrificial con lluvia, frío o calor?

Llegar a la cumbre muchas veces fue más que ascender el plano urbano, así como volver sano y salvo al nido propio pudo transformarse en la plegaria de agradecimiento al final del día. Los atletas del cerro tienen más de fauno que de gimnasio; para comprenderlo hay que presenciar los atardeceres auríferos que le robaron el alma a Puelma y que, 130 años después, siguen imantando nuestras bicicletas y corazones, cerro arriba y cerro abajo.

por Bella A.M.

profesora-investigadora de Historia

@lapenademalena

laboratoriobellavista.cl

Citas tomadas de:  Puelma López, R. (1941) Arenas del Mapocho. A Santiago de Chile en su IV Centenario (1541-1941). Beuvedráis Editores, Chile, 1998.

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